Estoy acabada, hundida, rota. Nadie sabe lo que siento, lo desesperada y triste que estoy. Nadie conoce mis problemas y sus implicaciones.
Empiezo a pensar en la fatalidad, el caos que me rodea, el desorden, y lloro y me desespero y quiero romper todo lo que encuentro alrededor.
Hasta que abro los ojos y me doy cuenta de que estoy delante de un espejo tan pequeño que sólo entra mi reflejo. Y me decido a vestirme, salir a la calle y comprar un espejo nuevo en el que, además de a mí misma, pueda ver también con nitidez cuanto sucede cerca mío.
Y veo personas. Gente acabada, hundida, rota. Y entiendo lo que sienten, su desesperación y lo tristes que están porque nadie conoce sus problemas e implicaciones.
Entonces reacciono y, mientras mi imagen se va viendo más y más borrosa, esas personas se van enfocando. Y mi cabeza, también.